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Una vez rotas las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y México, después de la incorporación de Texas a la unión, la guerra entre las dos naciones era inevitable. De ahí que el general Zacarías Taylor en marzo de 1846 recibiera la orden de avanzar más allá del río Nueces para acercarse a las villas del Norte aledañas al río Bravo, apoyado por un contingente de seis mil 500 hombres aproximadamente. Por lo que el general Pedro Ampudia decidió trasladar sus fuerzas desde Matamoros a Monterrey, y se hicieron fortificaciones en varios puntos del oriente de Nuevo León para detener el avance del ejército invasor.

Mientras tanto, el ejército norteamericano continuaban su marcha incontenible: ya habían caído Reynosa, Camargo y Mier, de donde pasaron a Cerralvo y China, para arribar a Marín y a Apodaca a mediados de septiembre de 1846. Las tropas mexicanas se replegaron en la zona aledaña a la catedral. A partir del 19 de septiembre comenzaron los toques de queda y la población se preparaba para afrontar las consecuencias de la guerra.

Las tropas de Zacarías Taylor se hicieron del Fortín de la Ciudadela y luego instalaron su cuartel general en el Bosque de Santo Domingo. Exactamente, el 20 de septiembre de 1846, cuando Monterrey cumplía 250 años de fundada comenzó el estado de sitio. Los norteamericanos se hicieron de lugares estratégicos como Guadalupe, Topo Chico, San Jerónimo y el Obispado para evitar que llegaran los auxilios y cerrar los principales accesos a Monterrey.

Es de sobra conocido que en la parte oriente del actual Paseo Santa Lucía, se dieron las más cruentas batallas, como el Fortín del Diablo y las Tenerías, en donde las tropas mexicanas hicieron temblar al Batallón de Maryland, a la brigada Quittman, los Rifleros del Missisippi, al regimiento de Tennessee, a los Voluntarios de Columbia y a un grupo de texanos que venían a cobrar la afrenta de la invasión que Antonio López de Santa Anna había hecho en la primavera de 1836. El ejército mexicano se defendió lo mejor que pudo, pero finalmente el ejército norteamericano al mando del general Zacarías Taylor, hizo rendir a la ciudad de Monterrey y a sus valientes defensores entre los que se hallaban los del Batallón de San Patricio, el 23 de septiembre.

Las tropas permanecieron hasta el 2 de febrero de 1848. En esos casi dos años, Taylor dejó como gobernador a John Woll. Luego se sucedieron en el puesto J. Garland, J. Rogers, M. Mitchell, J. A. Carley, I. H. Wrigth y J.W. Tibtts. Monterrey se parecía en mucho a una ciudad norteamericana, pues abundaban los letreros en inglés, se movía como moneda de uso corriente el dólar, llegaron misioneros y pastores que repartían biblias en inglés, se publicó el periódico American Pioneer cuyos propietarios eran Peter Gee y Durant Da Ponte.

Los norteamericanos también se dedicaron a realizar mapas y grabados con paisajes propios de la región, entre ellos uno de apellido Herrick. Pero también muchos de ellos se dedicaron al pillaje, tal es el caso de Santa Catarina en donde continuamente se quejaban de que por las noches se desaparecían aves y animales de corral y uno que otro objeto valioso. En ese periodo, las autoridades del estado cambiaron su sede a Galeana y Linares incluso hasta en Matehuala, San Luis Potosí.

De la batalla de Monterrey sobresalen episodios memorables y dignos de contarse, como las heroínas que se distinguieron en el fragor del combate, Josefa Zozaya quien desde las azoteas de la casas, arengaba a los soldados mexicanos, les llevaba alimentos, los cuidaba y hasta llegó a portar armas. Hasta el mismo Guillermo Prieto cuando supo de la valentía de la señora, pidió que se le levantara un monumento en Monterrey o María de Jesús Dosamantes, quien se presentó vestida de capitana, pidiéndole a Ampudia que la pusiera en la línea de batalla para hacerle frente a los invasores.

Se dice que la catedral de Monterrey sirvió de depósito de pólvora y municiones y en sus alrededores se dieron ataques con cañonazos. El templo más antiguo de Monterrey hubiera explotado. También se cuenta de que el ejército invasor se quedó en el bosque del Nogalar en San Nicolás, debido a la abundancia de agua y a la cercanía con Monterrey. Ahí mandaron construir un cementerio y cuando se retiraron, la gente como señal de repudio iban a destruir las tumbas y buscar objetos de valor que supuestamente decían los habían enterrado. Actualmente no se sabe la ubicación exacta del aquel panteón. O que también, los norteamericanos eran muy dados a comer frijoles endulzados con tomate y piloncillo y que llamaban a los mexicanos greasers, porque decían que nuestra piel brillaba porque preparamos nuestros alimentos con manteca de puerco.

Actualmente se dice que Monterrey es la ciudad más sureña de los Estados Unidos y que Monterrey no le tiene envidia a ciudades como la ciudad de México, Puebla o Guadajalara, pero que si le envidia a San Antonio, Houston o Dallas. En 1846, cuando Monterrey cumplía 250 años, en lugar de fiesta y mañanitas, la despertaron con armas y cañonazos. De ahí que debamos considerar también a nuestra ciudad capital como heroica y hacerles un homenaje a los caídos en septiembre de 1846, en lugar de que la calle se llame Héroes del 47, se llame del 46 y que se construyan dos monumentos a las señoras Zozaya y Dosamantes. Sin duda alguna.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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