En 1874 quedó establecida la fábrica de hilados y tejidos de “La Leona” por Andrés Martínez Cárdenas y Roberto Law, en terrenos conocidos como la “hacienda vieja o de San Antonio”, a menos de una legua de distancia de la fábrica de hilados y tejidos de la Fama de Nuevo León. Como se necesitaba un taller o edificio en donde se les diera el proceso del blanqueo a las telas, don Roberto Law adquirió un predio perteneciente a Felipe de Luna, por el cual pasaba la acequia que conducía el agua a la Fama. Y levantaron el inmueble. Afortunadamente el edificio aun está en pie. Su recia construcción responde al estilo y las necesidades de su tiempo: muros de sillar en unas partes y otras de adobe, altas y gruesas ventanas con herrería, grandes columnas interiores y se dice que las vigas de su techo procedían de las zonas montañosas de Santa Catarina y otros afirman que las trajeron del Canadá.

Para 1881 el edificio tenía un valor de mil 500 pesos. Ahí se blanqueaban mantas y laboraban tres operarios. La maquinaria estaba valuada en 3 mil pesos con una fuerza de ocho caballos de fuerza. El motor estaba movido por unos cilindros y unos secadores. Algo sucedió con éste centro fabril, pues para 1885 ya no estaba en servicio. Por tradición oral sabemos que el edificio fue adquirido por la señora Guadalupe Zambrano, hermana de uno de los accionistas de la Fama y esposa del general don Jerónimo Treviño para dedicarse al blanqueo de telas. Pero en 1920 el negocio se hizo obsoleto cuando las fábricas textiles cambiaron su maquinaria para hacer telas de “cuadros” y para ello se requería un servicio de tintorería que lo blanqueaba o coloreaba telas. En 1925 doña Guadalupe Zambrano rentó el inmueble a un empresario ruso de nombre José Spiro, quien en su lugar abrió una fábrica de papel de envoltura. Lamentablemente para 1938 se hallaba en deuda con sus acreedores por lo que abandonó el negocio. Luego llegó Luis Escamilla quien abrió una fábrica de cartón corrugado y liso.

Al poco tiempo, el lugar pasó a formar parte del patrimonio del Seminario de Monterrey, quien convirtió al Blanqueo en una granja y centro de descanso de los seminaristas. Para ello construyeron una piscina. Ahí quedó como responsable el padre Juan Díaz Ascencio, quien mandaba productos lácteos y avícolas al seminario contiguo al templo de San Luis Gonzaga en Monterrey. Cada vez que los seminaristas visitaban el lugar lo llamaban “Monte Nero” en alusión al sitio de recreo que los seminaristas mexicanos acudían cuando estudiaban en Roma, Italia. Al castellanizarlo quedó en “Monte Negro” y actualmente a la colonia que circunda al Blanqueo se llama Monte Negro. Cuando el Blanqueo quedó al servicio de la iglesia, colocaron en su fachada norte una espadaña en donde hubo alguna vez una pequeña campana y en su fachada sur construyeron unas arcadas. Dichas mejoras materiales fueron encargadas al prestigiado arquitecto Joaquín A Mora. Luego el lugar quedó abandonado y a merced de vándalos que dañaron la estructura del inmueble. En 1991 se pretendió establecer ahí un centro de rehabilitación física.

En 1997, las autoridades municipales, con el apoyo de los Industriales Regiomontanos del Poniente, el gobierno federal y estatal, obtuvieron recursos para restaurar el edificio y convertirlo en museo industrial. Para su mantenimiento existe un patronato conformado por empresarios de la localidad, quienes apoyan al Municipio de Santa Catarina para desarrollar actividades culturales y comunitarias en beneficio de quienes visitan el museo y centro cultural El Blanqueo.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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