Como contraparte a la posesión de la tierra y del campo de la Iglesia, la Corona concedía “mercedes” a las personas que con méritos las solicitaban, preferentemente a quienes habían servido en la guerra. Tanto la encomienda como la merced son el origen del sistema del derecho de propiedad en la Nueva España. En sí, las mercedes reales son regalías dadas por los servicios hechos en campaña al rey.

La merced podía ser una peonía, como recompensa que se hacía a favor de los infantes que no tenían caballo. La peonía medía un solar cuya extensión era de 50 por 100 pies, en donde se dedicaban a sembrar cien fanegas de labor para trigo y diez para maíz, dos huebras de tierra para huerto y ocho para leña. La huebra era la extensión de tierra que una yunta de bueyes araba en un día, además de pastos para diez puercos, veinte vacas, 110 ovejas y 20 cabras. En sí, una peonía medía unas 50 hectáreas.

Una fanega era el espacio de tierra en que se puede sembrar una “fanega de trigo” equivalente a 64 áreas. Un área es un cuadrado de 10 metros de lado. Un solar (suelo) es la porción en donde se edificaba una construcción. También se le relaciona al linaje. La sementera, es la acción de sembrar, de ahí viene simiente.

La caballería de tierra se daba a la tropa montada y abarcaba unas 300 hectáreas. Estas se obtenían definitivamente con cuatro años de posesión. La posesión de la tierra se podía hacer por don o por merced, a veces se vendía o se obtenía de acuerdo a ciertas condiciones de privilegios que se obtenían. Esto ocasionó que muy pocos acapararan las tierras y se convirtieran en latifundios. Este sistema trajo en consecuencia la aparición de dos clases sociales, los que tenían algo y los que tenían mucho. Mientras que los indios continuaron con su sistema de propiedad comunal, que eran las tierras que rodeaban a sus pueblos.

Las mercedes amparaban el establecimiento de las haciendas en donde se dedicaban a la actividad agrícola. Ahí trabajaba el jornalero a quien se le pagaba dos reales o su equivalencia en un producto que necesitaba, ya sea alimento o comida, lo cual trajo el sistema de la famosa tienda de raya, en donde las deudas crecían y rara vez se podían pagar. Así el indígena que casi nunca pagaba se convertía en un bien al servicio de la hacienda.

El campo en la Nueva España y sobre todo los centros de producción se vieron enriquecidos con la introducción de animales domésticos y aves de corral. De esa forma, el campo mexicano cambió radicalmente. Por ejemplo, tirado por bueyes o mulas, el arado substituyó a la coa e hizo posible y más extenso el cultivo de la tierra. En lugar de tamemes, recuas de mulas bestias de cargas. El ganado menor le dio otro valor a los terrenos que antes se pensaban inservibles, pues los consideraron de agostadero.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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