Dr. Antonio Guerrero AguilarLos antiguos habitantes del noreste mexicano gustaban de comerse los cuerpos de sus deudos o de sus enemigos. Sin embargo, algunos difuntos se salvaban de tal costumbre y eran enterrados en el desierto en posición de cuclillas. Para protegerlos de las fieras y de las aves de rapiña, sembraban nopales o arbustos espinosos sobre las tumbas o hacían un cercadillo con ramas gruesas.


Otros eran quemados y depositaban sus cenizas en la tierra. Las familias y los conocidos del finado se arrancaban con fuerza los cabellos y sentados sobre sus pantorrillas se dejaban caer violentamente contra el suelo. Acompañaban el cortejo fúnebre con plañideras, quienes gritaban en coro la desventura de la partida del ser querido.

Más al norte, en la región de los indios texas, algunas tribus nómadas hacían anualmente un viaje cargados con los huesos de sus muertos y después de ponerlos en sus lugares de origen, volvían a asentarse en el sitio que habían elegido para su morada. En cambio los moradores del centro de lo que actualmente es Coahuila, se acostumbraba que cuando alguien se encontraba presente en el momento en que una persona fallecía, debía también morir por darse cuenta del suceso.

Si la persona estaba muy delicada de salud, era llevada al lugar destinado para su tumba y lo dejaban encima de ella hasta que sobreviniera la muerte. Los deudos acudían al sepulcro con tizne en los rostros y cantaban las virtudes que identificaban al difunto.

También hacían bailes en donde presentaban la cabeza de un venado muerto y un anciano echaba al fuego, pedazos de los huesos y de las astas. Tenían la creencia que las llamas comunicaban las cualidades que había tenido en vida el finado. Mientras, los finados ingerían los polvos de los huesos para adquirir la rapidez y la fuerza de los venados.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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