Profr. Santos Noé Rodríguez Garza

En 1864, en la estancia de Benito Juárez en Monterrey una anécdota muy curiosa de su vida que cuentan: un zapatero que tenía en la calle de Aguacate hoy Allende, cerca del ojo de agua ubicado en las hoy calles de Zaragoza y Allende, su taller de reparación de calzado, acostumbraba vender aguacates de su huerta que tenía en el interior.

Profr. Santos Noé Rodríguez GarzaEn 1864, en la estancia de Benito Juárez en Monterrey una anécdota muy curiosa de su vida que cuentan: un zapatero que tenía en la calle de Aguacate hoy Allende, cerca del ojo de agua ubicado en las hoy calles de Zaragoza y Allende, su taller de reparación de calzado, acostumbraba vender aguacates de su huerta que tenía en el interior. Todos los días después de salir de su trabajo en el Palacio de Gobierno en la esquina de Escobedo y Morelos, el Lic. Juárez iba a dicho taller y compraba unos aguacates. El zapatero no sabía quien era el señor de levita negra que se había convertido en su cliente y que era muy amable al llevarle todos los días unos aguacates, y un día de tantos, después de transcurridos algunos meses, que había cortado toda la cosecha, le dijo a su hijo: Oye, hijito, llévale esta canasta de aguacates de regalo a ese marchante de levita que todos los días nos compra aguacates y que trabaja en el Palacio, porque es tan atento y tan fino con todos nosotros que quiero hacerle este obsequio. Al presentarse el chamaco a la puerta del despacho del Presidente, no se le permitió entrar, pero en eso se abrió la puerta y el Presidente se da cuenta, de que un muchacho está explicando al ujier que le permitiera ver a un señor de levita, al que su padre le enviaba esos aguacates. El señor Juárez le hizo pasar y le recibió los aguacates y a cambio le entregó una moneda diciéndole: Dile a tu padre que muchas gracias por su regalo y entrégale esta moneda, diciéndole que se la envía el señor Presidente de la República.

Fue tal la sorpresa que recibió el chamaco y después el padre, que no se esperaba que su amigo fuera nada menos que el Sr. Presidente de la República, ya se pueden imaginar con esa sencillez y naturalidad con que trató a las gentes de Monterrey, el cariño que despertó en todos los ciudadanos, tanto él como su familia, así como su equipo.

Maravillosas lecciones de humildad y de grandeza, que nos dio el segundo Padre de la Patria, y que a medida que transcurre el tiempo se valora más la transcendencia de sus acciones.

Referencia: Andares del Benemérito, de Eduardo Lozano Moreno.

Santos Noé


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