Como ya se dijo, en la década del 30, y en aquel grupo de los primeros cazadores de venado cola blanca, entre los que se menciona a: José María Ancira, Silverio Garza, Cecilio Garza, Rosendo González, Saturnino Leal Guzmán, el Profesor Amado Villarreal, Eleuterio Castellanos, Antonio G. Garza, Santos Rodríguez Aguirre, Vicente Tamez, Manuel Garza Sandoval, Gabriel Guzmán, Hilario Fernández y otros más. En una de tantas expediciones en las que tomaron parte, contaban que uno de los cazadores, se sentía muy cansado y en pleno monte, se acomodó en el vil suelo y apenas se había mal acostado cuando empezó a roncar. Como siempre sucede, el hombre siempre ha sido el mismo sobre la faz de la tierra, no faltó quien dijera: “-¿Y éste vino a cazar o a dormir?-”, mientras, el grupo siguió con su habitual rito de caza, cobraron algunas piezas, pero, también dieron muerte a una enorme víbora de cascabel, No faltó quien dijera: -”vamos a darle un susto a este dormilón”-. Uno de los cazadores les espetó a los demás:

-Hagan lo que yo les diga. Primero, Córtenle la cabeza a la víbora, ahora, busquen un mecate delgado y amárrenselo cerca de la cabeza y que no se vaya a soltar, ahora agáchense todos y no hagan ruido, quédense aquí de este lado y yo me voy a ir al otro lado del dormido. Silenciosamente, pasó por un lado del que estaba en brazos de Morfeo, colocó la víbora en el suelo y se vino de la misma forma con sus compañeros. al dormido no lo habían despertado ni los balazos de alto poder, menos los pasos de su compañero. Y ya que estaba junto con sus compañeros, empezó a estirar el mecate lentamente, simulando que la artera e infeliz víbora estaba viva. Falta decir que el dormido estaba colocada de norte o sur y los cazadores se colocaron de poniente a oriente, para que el reptil, le pasara justamente, por el pecho. Y así fue, ante el asombro, de los callados cazadores, la víbora paso lentamente por sobre su pecho y el lirón seguía roncando como si nada. Uno de los cazadores dijo -No despertó-. Tiene que despertar, -dijo otro- y de aquí no nos movemos hasta que despierte. Repitieron la misma operación y el cazador seguía dormido y roncando como si nada.

Otra vez, -dijo otro- y como a la tercera va la vencida, cuando iba la víbora a la mitad sobre el pecho, el cazador despertó, alzó ligeramente, la cabeza, lo primero que pensó fue que el reptil estaba vivo. Volteó rápidamente al oriente y no vio a nadie y casi por instinto volteó al poniente y vio a sus compañeros agachados y en cuclillas. Contaban, que perdió la voz en ese rato y solamente abría inmensamente los ojos, como que quería hablar con ellos y sólo alcanzó a levantar el brazo derecho y con el índice, les señalaba a sus compañeros al odiado reptil que había osado despertarlo, para que lo vieran y se lo quitaran de encima. Lo que siguió ya los lectores, amables por cierto, se lo podrán imaginar y aquí no se pueden escribir algunas palabras, que en esa ocasión, memorable, por cierto, abundaron, han pasado más de 70 años de tal suceso y todavía se recuerda con alegría.


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