José Castellanos MaldonadoCuando se está llegando el momento de renovar la Cámara de Diputados o alguna Legislatura estatal, es común que surjan gran cantidad de aspirantes, y por lo que ellos mismos declaran, todos están ansiosos de llegar a ocupar una curul para trabajar incansablemente en beneficio de la comunidad a la que van a representar.

Sigue luego la lucha interna en sus respectivos partidos en busca de la ansiada candidatura, donde cuentan mucho las palancas o apoyos, aunque el Gobernador suele inclinar la balanza, palomeando o tachando nombres entre los aspirantes de su partido, sobre todo en lo que al Congreso local se refiere.

Superando este obstáculo, los nominados participan en la elección, con la esperanza de alcanzar una diputación por mayoría, o, de perdido, por el sistema de representación proporcional.

Luego de todo este proceso, resulta que muchos de los agraciados casi de inmediato enseñan el cobre y empiezan a faltar a las sesiones.

Acerca de esto, que no es ninguna novedad, el martes 1 de mayo se publicó una nota en el periódico El Norte en la que daban cuenta que durante el segundo periodo ordinario de sesiones de la Cámara de Diputados casi se triplicó el número de inasistencias con respecto al anterior, pues aumentó de 42 a 110 Diputados Federales faltistas.

La lista la encabezaron 54 legisladores panistas, siguiéndoles 25 priístas y 14 del PRD,  repartiéndose el resto entre las otras fracciones, con lo que se demuestra, por enésima ocasión, que en todas partes se cuecen habas.

Así las cosas, se antoja preguntar si su verdadera intención no es ir a trabajar ¿por qué abundarán los que buscan con tanto ahínco una curul? Y, ¿por qué los partidos no hacen una mejor elección?


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