José Castellanos MaldonadoDe acuerdo con las notas periodísticas de los últimos días, a la par del arranque de las flamantes administraciones municipales en toda la entidad, el clamor casi unánime de los nuevos funcionarios se refiere, principalmente, al estado en que se encontraron, no sólo las finanzas, sino también vehículos y equipo, y, en general, al desorden administrativo que les heredaron.

Pero esto no es nada nuevo, simplemente es la misma historia que se repite cada tres años, sin importar siglas o colores partidistas de las autoridades que concluyen su gestión.

Adeudos a proveedores o prestadores de servicios, a la Secretaría de Hacienda, a bancos, etc. amén de la presión que supone el pago de la nómina, uno de los gastos “más pesados” en cualquier administración.

Cabe recordar que las administraciones que fungieron en el trienio 1992-1994 fueron las últimas que iniciaron su gestión en el mes de enero, pues a partir de entonces, todas han iniciado su labor en noviembre, por lo que de inmediato también deben enfrentar el pago de aguinaldos.

De ahí que las primeras gestiones de los alcaldes y sus tesoreros ante el Gobierno estatal tengan que ver con la petición de recursos y otros apoyos a cuenta de sus participaciones futuras para poder sortear la crítica situación inicial.

Obviamente, hay quienes, de entrada, toman algunas medidas tendientes a reducir la nómina, por ejemplo, fusionando dependencias (para evitar duplicidades) y despidiendo gente; pero, desgraciadamente, también hay quienes hacen exactamente lo contrario para poder darle cabida a toda su gente. Como quien dice, ven la tempestad y no se hincan.

Como diría el profesor Salvador Garza Inocencio: “Pero así está el mundo y éstas son Nuestras Cosas”.


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